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jueves, 29 de marzo de 2012

Libeskind, Museo Judío de Berlín



                            


INTRO



Daniel Libeskind es un arquitecto estadounidense de origen judío. Nació en Lodz, en la Polonia de la post-guerra. 
En 1990 estableció su estudio en Berlín al ser el ganador del concurso convocado para diseñar el Museo Judío. Desde entonces, el despacho ha realizado proyectos de grandes museos, centros culturales y edificios comerciales alrededor del mundo.

Se encargó de ampliar el emblemático Museo Judío de Berlín con la integración en el complejo del antiguo mercado de flores del barrio de Kreuzberg, informó hoy el museo.

El Museo Judío de Berlín es un edificio moderno en la ciudad de Berlín, Alemania, que se construyó como museo conmemorativo de las víctimas del holocausto nazi.

Es un reflejo del sentimiento del pueblo judío en la segunda guerra mundial.
Es un edificio al que nada más entrar desciendes al subsuelo para ir a parar a tres largos pasillos, cada uno con distinto final.


La propuesta que Libeskind pone en el proyecto se resume en la expresión “El vacío y la ausencia”, la cual es la consecuencia de la desaparición de muchos ciudadanos. La sensación de vacío es de la que parte el proyecto, y “Entre líneas” es el lema del mismo. Después de que finalizara la construcción del edificio, éste estuvo cerrado durante mucho tiempo porque los miembros de la fundación que lo gestiona no se ponían de acuerdo en qué cosas tenía que mostrar el museo. Sin embargo, gracias a la iniciativa popular se abrió al público cuando todavía estaba vacío. La afluencia de visitantes fue enorme y se convirtió en uno de los primeros museos de la historia que se abre para mostrar solo la arquitectura.

El primer pasillo conduce a una sala oscura casi en su totalidad exceptuando una luz que proviene de la parte de arriba que simboliza la muerte, un destino desgraciadamente común a muchos judíos en la etapa del exterminio.

El segundo pasillo conduce a un patio exterior en el que se encuentran unos árboles con las raíces muy alejadas. El patio se encuentra cercado por un muro cuya única salida es la propia entrada. Esta "sala" simboliza el exilio y aquí me parece que el arquitecto ha conseguido muy bien  interpretar esa sensación, ya que el exilio no deja de ser otra prisión en la que pareces libre pero estás muy lejos de tus orígenes.

El último pasillo conduce a unas largas escaleras que llevan a la salida y simbolizan el trabajo que cuesta llegar a la salvación.
Esta construcción me ha llegado en especial por la manera de interpretar los sentimientos.

Desde la vista superior se puede observar cómo traza una silueta que quiere aparentar ser un rayo. Además en la fachada se ve como si alguien hubiese hecho cortes al edificio que simbolizan las cicatrices de las heridas recibidas. 



Desde el interior se aprecia como se filtra la luz por los "cortes" y queda un efecto que llama al recogimiento.
En el interior hay varios espacios que no contienen nada a los que el arquitecto denominó "vacíos".
Solo uno de éstos se puede visitar y en él hay "caras" hechas de metal que cuando pisas emiten un sonido metálico muy...no se encontrar el término...supongo que el que más se le asemeja es molesto.  

La reforma de ese inmueble adicional, que ocupa una superficie de 6.000 metros cuadrados y data de la década de 1960, requirió una inversión de diez millones de euros, de los que el museo aportará cuatro y el Estado alemán seis.

El secretario de Cultura del Gobierno regional de Berlín, André Schmitz, afirmó que con la ampliación el Museo Judío podrá disponer de un espacio que "necesita con urgencia" para dependencias dedicadas a la investigación, la difusión y la formación.

Se espera que el antiguo mercado de flores pueda ser ya empleado como enclave cultural a partir de 2010 por el Museo Judío, consagrado a informar sobre 2.000 años de historia germano-judía.

Pese a no ser uno de los museos más céntricos de Berlín, -se encuentra en el barrio multicultural de Kreuzberg- el museo recibe más de 750.000 visitantes cada año

El Museo Judí­o de Berlí­n ha recuperado la voz de las ví­ctimas del programa de eutanasia nazi, a través de una exposición que recorre el delirio racista del Tercer Reich y su clase cómplice e invita a reflexionar sobre los lí­mites de la genética actual.


No tiene acceso directo desde la calle, tienes que entrar a través de un edificio clásico anexo. Al edificio principal, que alberga el museo, se accede por el subsuelo así se refiere Libeskind a como tenían que vivir los judios , en donde se entrecruzan tres pasillos (o ejes, como los llama Libeskind): el Eje del Exilio, que a través de la exposiciónes. Este eje termina en el Jardín del Exilio, un bosque de cuarenta y nueve columnas cuadradas. Dichas columnas, altas e inclinadas, hacen las veces de maceteros, Libeskind intenta decirnos con esto que los judíos tienen que alejarse sus raíces por culpa de 
Hitler.El suelo también posee una inclinación de unos 12º. causando en el visitante un sorprendente y acusado mareo, que es lo que el Exilio representó para los afectados.





LA IDEA / EL DISEÑO

La planta del edificio parte de una línea picuda con forma de rayo. Esta línea quebrada podía haber sido continuada en cualquier dirección porque parece no terminar. Existe otra línea recta oculta en la planta del museo que atraviesa todo el edificio y desde la cual se articula el “rayo”. La forma de picuda que tiene la planta hace que esta línea recta esté interrumpida a trozos. Estas dos son las bases fundamentales del diseño. La maqueta del proyecto tiene tres diferencias con el edificio construido. Una de ellas es que las fachadas de la maqueta están inclinadas de manera similar a las Torres KIO de Madrid, mientras que las del edificio son perpendiculares.
La segunda diferencia es que en el proyecto había tres pequeñas torres exteriores al edificio principal, las cuales se han agrupado en una. La tercera diferencia es que hay un hueco exterior formado por la maqueta y que está suavizado en el edificio. La entrada principal al Museo Judío estaba originariamente en una pequeña torre situada junto al edificio antiguo del Museo de Berlín. Finalmente, esa construcción se integró en el interior del inmueble antiguo, que es del siglo XVIII. En un plano de situación, Libeskind relacionó el Museo Judío con el edificio del Sindicato del Metal, diseñado por Mendelsohn, colocándolos dentro de una estrella judía (llamada Estrella de David) alargada que se extiende desde el Muro de Berlín hasta el canal de la ciudad.
En algunos planos del edificio pone de fondo palabras y pentagramas. Dichas palabras son, en ocasiones, un poema donde está repetida la palabra “espíritu”, y otras veces coloca una lista de personas desaparecidas en el Holocausto cuyos apellidos empiezan en “Berlín”. En cuanto a los pentagramas, corresponden a la partitura de la ópera “Moisés y Aarón”, escrita por el compositor Arnold Schönberg. Esta obra musical no está finalizada y su última parte está en silencio. La ausencia del sonido refleja una base del proyecto.


El Eje del Holocausto nos habla de las víctimas peor paradas de la barbarie nazi. De personas que encontraron el fin de su existencia en los campos de exterminio. Es muy impactante. Este eje termina en la Torre del Holocausto, un cuadrilátero agudo de paredes de hormigón que se eleva a veinte metros de altura. La única iluminación que entra al interior proviene de un hueco vertical practicado en lo alto del vértice agudo. La Torre simboliza el fin, la desesperanza, convirtiendo al Eje del Holocausto en un callejón sin salida.

Por último, el Eje de la Continuidad nos lleva hasta una larga escalera, cuya caja entrecruzan numerosas vigas de hormigón en desorden, que asciende a los pisos superiores donde se ubican las exposiciones fijas. Es la Continuidad de un pueblo a través de su historia, de su supervivencia y de su memoria.

Unos espacios impactantes son los que Libeskind llama Vacíos. Me impresionó el espacio cuyo suelo está cubierto de chapas metálicas de no menos de un centímetro de espesor, redondas, de varios tamaños. Todas estas chapas son, en realidad, caras recortadas en un silencioso grito. Hay miles. Están ahí para que los visitantes paseen sobre ellas. 

Este edificio me ha parecido muy lugubre, pero tambien es la historia que representa el edificio no es tanto lo que tiene sino lo que es.

El edificio tiene una planta subterránea y cuatro sobre el nivel del suelo. Estas últimas son iguales entre sí salvo la superior, que alberga oficinas y tiene una distribución diferente. La entrada al Museo Judío está en una construcción con planta romboidal situada dentro del edificio antiguo del Museo de Berlín. Consiste en una bajada que se realiza por unas escaleras poco iluminadas y con los escalones oblicuos, de manera que transitar por ellos es complicado. Esta bajada conduce al sótano del edificio, el cual está compuesto por unas salas que no están abiertas al público y por tres pasillos rectos que se cruzan formando ángulos no perpendiculares, de manera que la orientación por ellos se complica.
El suelo de estas travesías está inclinado, y en el techo hay ráfagas de luz artificial que ayudan la orientación. Éste es de color negro para dar más contraste a estas luces, las cuales son las únicas que hay. Uno de estos pasillos conduce a la "Torre del Holocausto", otro al "Jardín del Exilio" y el tercero a unas largas escaleras ascendentes que comunican con las plantas del museo.

La "Torre del Holocausto" es aquella pequeña construcción que originariamente se constituía por tres torres exteriores al edificio principal. Tiene una planta con forma de cuadrilátero puntiagudo y sus fachadas son de hormigón visto. Es ciega y solo tiene un hueco vertical colocado en la parte superior del vértice de sus paredes más agudo. Es por ahí por donde entra la única luz que hay en el interior de la torre, y el acceso a la misma se realiza por un pasillo del sótano.
El "Jardín del Exilio", cuyo nombre oficial es Josef Hoffmann, es un gran cuadrado situado en el exterior del edificio donde hay 49 pilares de planta cuadrada dispuestos en cuadrícula. El número 49 simboliza el año de fundación de Israel, pues se fundó el año1948, es decir, durante el 49º. Éstos son de hormigón y huecos, rellenados con tierra de Berlin (salvo el central, rellenado con tierra de Jerusalén) y coronados con vegetación. El suelo del Jardín está inclinado con la pendiente siguiendo la diagonal, los pilares son perpendiculares a este suelo, y éstos están cortados paralelamente a su base. De esta manera, es obvio que los pilares también están inclinados. Andar por dentro de este “bosque” de pilares coronados con plantas resulta incómodo por culpa de la inclinación diagonal que hay en el suelo, de tal manera que no coincide con ninguna “calle”. Esta molestia es un objetivo perseguido por el arquitecto.

La escalera que sale de uno de los pasillos del sótano es recta y está colocada limitando con una de las fachadas del edificio. Cada dos descansillos tiene el acceso a una de las plantas del museo, salvo a la última. Las vigas que se muestran sobre este lugar tienen direcciones caprichosas y una apariencia deconstrutivista, pero son funcionales al servir de arriostramiento. En el interior del edificio hay espacios vacíos, es decir, partes que están cerradas a las cuales no se puede acceder. Es lo que ocurre en aquella línea recta que atraviesa la planta en forma de rayo de todo el museo, solo que en realidad esa recta es un “pasillo” común a las tres primeras plantas y está cortado por culpa de la forma picuda del edificio. Este “pasillo” solo es atravesado por unas pasarelas que conectan las diferentes salas del museo, las cuales están definidas por las fachadas del edificio y por el “pasillo” recto. Estos pasos tienen el pavimento distinto respecto del de las salas, el techo más bajo de lo normal y pintado de negro, el mismo color empleado en las paredes que limitan las salas y el “pasillo”.
Los diversos ángulos que forma el edificio hacen que los pasos sean oblicuos respecto a las salas que comunican, de manera que la percepción se hace complicada. Las ventanas del Museo Judío tienen todas direcciones y formas muy caprichosas y no siguen ningún orden visible, aunque éstas tienden a ser alargadas. La luz natural penetra en el interior solo cuando los diseños exteriores e interiores de las ventanas coinciden, lo cual no siempre pasa. Realmente, de los 1005 huecos de fachada, solo cinco coinciden completamente. A los huecos, Libeskind los llama “el alfabeto del museo”. Las ventanas crean efectos luminosos en el interior del inmueble cuando la luz se refleja en paredes y pavimentos reflectantes. Muchos huecos llegan al suelo y al techo, a la vez que se cruzan. El museo muestra objetos de la vida cotidiana de los judíos, tales como cuadros y utensilios de uso común. Algunos de estos objetos estropean el diseño interior, a juicio de muchos, de manera que interrumpen la continuidad del espacio.
Las fachadas son de hormigón con un recubrimiento exterior de chapa metálica. Esta capa está constituida por paneles de cinc y titanio colocados diagonalmente, no coincidiendo con los forjados y dando la sensación de que las fachadas están inclinadas. Diseñó con sumo cuidado la forma de los huecos de las fachadas, de manera que realizó varios dibujos en los que detallaba sus formas y tamaños. Existen ventanas de un tamaño considerablemente mayor que el resto en la fachada que mira al lado donde está el edificio antiguo, y en la altura de la última planta de la fachada opuesta a la primera. El edificio tiene varias puertas que dan al exterior pero que no son de uso habitual, por lo que se camuflan en la fachada con el mismo tipo de chapa. Hay un patio exterior formado por las fachadas del museo en el que hay un paso en la altura del suelo que comunica los dos lados del edificio. Éste es diagonal y es el único que hay en el inmueble con estas características. El pavimento de este patio es muy original porque está hecho con piedras de tres colores y forma figuras que se asemejan a las ráfagas de las ventanas. La gran efectividad que tiene el mensaje publicitario del edificio se refleja en el gran éxito comercial que tiene su tienda de recuerdos, un establecimiento que vende todo tipo de recuerdos del Museo Judío en el Museo de Berlín.










EL MUSEO


Desde su inauguración en el año 2001 el Museo Judío de Berlín se ha convertido en una de las instituciones más destacadas del paisaje cultural europeo. Sus exposiciones, su colección permanente, su trabajo pedagógico y su programa de actividades hacen del Museo un centro vital para la difusión de la historia y la cultura judeoalemanas. El Museo Judío de Berlín se concibe como un foro para la investigación, el debate y el intercambio de ideas; un museo para jóvenes y adultos, alemanes y no alemanes, judíos y no judíos.

La Arquitectura
La espectacular construcción de Daniel Libeskind para el Museo ya se ha convertido en un monumento emblemático de Berlín. El singular edificio revestido en zinc propone una relación absolutamente novedosa entre arquitectura y contenido museístico. El diseño, que Daniel Libeskind llama between the lines (entre líneas), describe las tensiones de la historia judeoalemana a partir de dos ejes: uno recto pero quebrado en varios fragmentos y otro articulado con final abierto. En los cruces entre ambos se encuentran los vacíos, espacios huecos que atraviesan todo el museo. La arquitectura convierte a la historia judeoalemana en una experiencia sensorial, formula nuevas preguntas y estimula la reflexión.

Las Exposiciones
La exposición histórica permanente se despliega en una superficie de 3000 m². Su recorrido es un viaje de descubrimiento a través de dos mil años de historia judeoalemana. Trece cuadros de época brindan una imagen viva de la cultura judeoalemana desde la Edad Media hasta el presente. Objetos cotidianos y obras de arte, fotos y cartas, elementos interactivos y estaciones multimedia muestran cómo la vida judía se entrelaza con la historia alemana. La exposición permanente se complementa con un variado programa de exposiciones temporarias. El Museo ofrece también múltiples actividades culturales para todas la edades: conciertos, conferencias, talleres y funciones de cine.






















































































2 comentarios:

  1. Impresionante... Esta excelentemente reflejado el dolor y la memoria.
    Resulta dificil pensar en la idea de un museo que te marea, te oprime, te entierra y te deja en la oscuridad. Una visita que no todos disfrutarian, pero todos se irian reflexionando.
    El dia que este en Berlin, esta sera mi primera parada...

    Felicito a Libeskind por esta ENORME obra.
    Saludos!

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